¿Sueñan los científicos con Dioses?

Por GUSTAVO PERNALETE

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En el mundo damos por hecho que el pensamiento humano está destinado a florecer casi exclusivamente en las universidades, las grandes corporaciones, los think tanks y los centros de investigación científica y tecnológica. Centros del saber de las más diversas especialidades que dictan la pauta para la toma de decisiones en materia política, económica, cultural y social a países y Estados, y que abarcan las llamadas ciencias exactas, pasando por las filosóficas o sociales. ¿Qué comparten o qué tiene en común? Su método, la lógica de la investigación científica.

El método científico es el marco referencial que sirve para delimitar aquello que es objeto de estudio. De modo que lo que no es medible, registrable u observable pierde interés para la ciencia, y se considera materia especulativa. Además, la ciencia desde hace apenas unos 300 años, nos remarca que su lente para ver y entender la realidad es certero y superior.

Sin embargo, existen posturas díscolas dentro del mundo científico. El físico y matemático inglés Freeman Dyson tiene una: “No existe en absoluto una única visión científica, del mismo modo que no hay una única visión poética. La ciencia es un mosaico de puntos de vista parciales y contradictorios”. Añadimos que la ciencia es una forma de mirar el mundo, tan válida como lo es la poesía, música, la religión o el cine.

Dyson, galardonado por la Real Sociedad de Londres por su destacada labor en electrodinámica cuántica, explica en su ensayo de 1992 titulado El Científico Rebelde, un caso paradigmático. “Hoy día sabemos que existen realmente agujeros negros cuya masa oscila entre la de unos pocos soles y la de unos pocos miles de millones de soles, y que desempeñan un papel dominante en la economía del universo. En mi opinión, el agujero negro es con mucho la consecuencia más emocionante e importante de la relatividad general. Los agujeros negros son los lugares del universo donde la relatividad general es decisiva. Sin embargo, Einstein nunca reconoció a este genial hijo de su mente. No es solo que fuera escéptico, sino que fue activamente hostil a la idea de los agujeros negros. Pensaba que la solución correspondiente al agujero negro era un defecto de su teoría que había que eliminar mediante una formulación matemática más adecuada, y no una consecuencia que tuviera que ser comprobada mediante la observación. Nunca mostró el más leve entusiasmo por los agujeros negros, ni como concepto ni como posibilidad física. Por extraño que parezca, también Oppenheimer en los últimos años de su vida mostró falta de interés por los agujeros negros, aunque en una mirada retrospectiva podemos decir que fueron su contribución más importante a la ciencia. Tanto Einstein como Oppenheimer fueron en sus últimos años ciegos a la belleza matemática de los agujeros negros e indiferentes a la cuestión de si realmente existen”.

Para Dyson, la rebeldía del científico radica en cultivar la duda más allá del método, en mantener abierta las puertas del pensamiento, y en aceitar los sistema de creencias dejando de lado las fórmulas reduccionistas. Aunque es extraño escuchar sobre autocrítica en la ciencia, parece urgente la necesidad de retomar una agenda que amplíe el campo de observación sobre los temas que no están en su lista de pendientes, pero que hoy interesan apasionadamente a millones: la conciencia, el alma, los dioses, la exobiología y un largo etcétera. Como lo fueron hace 80 años los agujeros negros.